El
Romancero español es un grupo de cortos poemas de origen
medieval desgajados de los cantares de gesta o poemas épicos
castellanos a partir del siglo XIV y transmitidos de forma oral hasta
el XIX, en que, merced al interés que el Romanticismo sintió por la
literatura medieval, Agustín Durán empezó a recogerlos en sus
famosas Colecciones de romances antiguos o Romanceros, Valladolid,
1821, ampliado luego con el título más célebre de Romancero
General. Ya en el siglo XX, Ramón Menéndez Pidal y su escuela
emprendieron su compilación exhaustiva y empezaron a ordenarlos y
estudiarlos.
Muchos
romances provienen especialmente del XV y se conservan gracias a
coleccionistas contemporáneos de estas composiciones, que compraban
en las ferias en forma de pliegos sueltos y que elaboraban con ellos
los llamados cancioneros de romances. Este es el llamado Romancero
viejo.
Romance del Enamorado y la Muerte
Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca
muy más que la nieve fría.
- ¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
- No soy el Amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
- ¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
- Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy de prisa se calzaba,
más de prisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
- Ábreme la puerta, Blanca,
ábreme la puerta niña.
- ¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
mi padre no fue al palacio
mi madre no está dormida.
- Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti, vida sería.
- Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare
mis trenzas añadiría.

